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El blog del Español a través del Arte

Archivar para el mes “julio, 2012”

Los colores

Los colores que están muy cerca en el círculo cromático se llaman “armoniosos”, tal y como estableció Michel Eugène Chevreul (1786-1889) en su teoría del color.

Van Gogh, al igual que sus contemporáneos los impresionistas, comprendía muy bien este concepto de armonía. Por ejemplo, fíjate en esta preciosa gama de amarillos, que van del oro viejo más intenso al amarillo claro más brillante: es una combinación que produce una sensación de armonía y calidez inigualable:

Sin embargo, los colores que están enfrentados en el círculo cromático –los complementarios– son los que no “pegan”, es decir, su combinación produce un resultado impactante, agresivo y un tanto vulgar; es el caso de la bata del pintor del Autorretrato de Kirchner.

Mira ahora Las amapolas de Monet:

El rojo resulta asombrosamente intenso contra el fondo verde, que parece ligeramente gris. Y es que el efecto de verdor en este cuadro no se consigue mediante el uso de tonos verdes, sino de tonos grises. Qué raro, ¿verdad? Esto es porque un gris rodeado de un color tiende a adquirir el matiz del complementario de ese color. Así pues, si tenemos en cuenta que el complementario del rojo es el verde azulado… un gris rodeado de rojo aparecerá como verdoso.

Si Monet hubiera pintado el campo de verde intenso, el efecto habría sido vulgar y “chillón”, en lugar de cálido y lleno de color.

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Kirchner: Autorretrato con modelo

Ernst Ludwig Kirchner fue un maestro del Expresionismo alemán, tendencia artística que nació entre 1900 y 1925, y se manifestó principalmente a través de dos grupos:

  • Die Brücke (El Puente), y
  • Der Blaue Reiter (El Jinete Azul, en homenaje a todos esos caballos azules que cabalgan por los cuadros de Kandinsky).

El Expresionismo surgió como la reacción necesaria ante una sociedad en declive, sobre todo a causa de los horrores de la Primera Guerra Mundial. Los cuadros expresionistas muestran una realidad desagradable, opresiva, con personas desfiguradas, que sufren, y expresan su angustia con la cara y con todo el cuerpo.

El término “Expresionismo” se creó en la revista Der Sturm, de Berlín; también en esta ciudad había una galería del mismo nombre, donde estos pintores exponían sus trabajos. Este es uno de los cuadros que más éxito tienen en clase:

Kirchner autorretrato con modelo

Autorretrato con modelo, h. 1910. Óleo sobre lienzo, 150,5x100cm, Kunsthalle, Hamburgo.

Normalmente, los alumnos siempre “protestáis” por la bata que lleva el pintor, en primer plano. Y después, os fijáis en la mujer que está detrás, en segundo plano. Las descripciones suelen ser parecidas: “es fea”, “no, no es fea, pero está triste”, “qué va, es horrible”… Cuando pregunto por qué no os gusta la bata, todos decís lo mismo: “por los colores”. ¿Y qué les pasa a esos colores? O, mejor dicho, ¿a la combinación de esos colores? Pues les pasa que son complementarios, y combinar este tipo de colores nunca funciona bien. Si cogemos un espectro de colores y hacemos un círculo con él, el naranja y el azul (un azul que tira a malva) se encuentran más o menos enfrentados: eso significa “ser complementarios”:

Espectro de colores complementariosLa combinación de colores complementarios tiene un resultado agresivo, y ataca un poco a la vista. Esa bata destaca tanto que no os deja ver los ojos del pintor, esos sí que son horribles… Míralos: son grandes, rasgados, mucho más grandes de lo normal, y completamente negros. Esa es una de las características del Expresionismo: la exageración o deformación de algunos elementos del cuerpo humano.

Los colores del cuerpo de la mujer tampoco están mucho “mejor”: parece que está sin terminar, los brazos están mucho más claros que las pierna, y las sombras de la cara la transforman en una especie de espectro. Y sus ojos son terriblemente tristes. Y aquí es cuando empezáis a darme hipótesis sobre lo que está pasando en el cuadro…

¿Dónde están?

¿Quién es esa mujer, por qué está posando como modelo para el pintor?

🙂

La dorada proporción

Euclides, en sus Elementos de geometría (h. 300 a.C.), escribió: “Una recta está dividida en media y extrema razón cuando la longitud de la línea total es a la de la parte mayor, como la de esta parte mayor es a la de la menor”.

Y… ¿qué quiere decir esto?

Que el todo es a la parte, como la parte al resto. O, lo que es lo mismo: que las partes tienen que guardar un equilibrio y una simetría en relación con el todo.

Y ahí está, precisamente, la base de la belleza de las cosas: la proporción.

La proporción más perfecta parece ser la “dorada”, la que se crea a partir del número Phi:

φ = 1,6180339…

Luca Pacioli, amigo del gran Leonardo da Vinci, escribió en 1509 todo un tratado sobre este número de oro, al que bautizó con el nombre de “divina proporción”. El nombre “Phi” se lo puso Mark Barr a principios del siglo XX, por ser la inicial de Fidias, el célebre arquitecto del Partenón de Atenas (la letra “f” en griego se pronuncia “fi” y se escribe φ).

Pero antes, mucho antes de todo esto, otro Leonardo (de Pisa, o Pisano) escribió en 1202 un libro titulado Liber abaci, en el que defendía la mayor utilidad de los números arábigos (1, 2, 3, 4, etc.) frente a los romanos (I, II, III, IV, etc.) ¿Y quién era este Leonardo Pisano? Quizá lo conozcas más por su sobrenombre: Fibonacci.

Ahora sí, ¿eh?

Fibonacci realizó importantes aportaciones al mundo de las matemáticas, como su famosa “Serie de Fibonacci”. Esta serie numérica es la solución al llamado “problema de los conejos”, que dice así:

“¿Cuántas parejas de conejos tendremos a fin de año si comenzamos con una pareja que produce cada mes otra pareja, que procrea a su vez a los dos meses de vida?”

Para resolver este problema, Fibonacci elaboró esta tabla:

La columna final muestra el curioso comportamiento de esta serie numérica:  cada número es el resultado de la suma de los dos anteriores. ¿A lo mejor te preguntas por qué hay dos unos? Mira: el primer número de la serie es uno, y antes de él no hay nada, luego 1 + 0 = 1. Por eso el uno se repite:

1
1+0= 1
1+1= 2
2+1= 3
3+2= 5
5+3= 8
etc.

¿Y por qué hablamos de la Serie de Fibonacci en este artículo sobre la proporción áurea? Porque los números crecen siguiendo un patrón que está muy cerca de phi. Aparte de los usos matemáticos de la Serie (en los que no entraremos aquí), estos números tienen una inquietante relación con las proporciones de las cosas. Parece ser que toda la naturaleza, todo el universo, está creado siguiendo esta base proporcional. Las hojas de los árboles, o la estructura de un copo de nieve… todo crece mediante cocientes de phi.

Vamos a ver algunos ejemplos, pero primero tenemos que construir lo que se llama un “rectángulo áureo”.  ¿Cómo se hace esto? Primero dibujamos un rectángulo cuyo lado más largo es el resultado de multiplicar el corto por 1,618.  Es decir, que la proporción entre los lados del rectángulo será phi, el número áureo:

Ahora tenemos que restar un cuadrado de la misma longitud que el lado corto, y así obtendremos otro rectángulo áureo igual al inicial:

Si hacemos lo mismo una y otra vez, obtendremos la siguiente figura:

Y ahora viene lo mejor: trazamos distintos cuadrantes de circunferencia de un radio igual al lado de cada uno de los cuadrados que hemos ido separando, con el centro en el vértice de cada uno de ellos, y ¡esto es lo que aparece!:

Bonita imagen, ¿eh? Es nada más y nada menos que una espiral, y la encontramos por todas partes en la naturaleza: en las conchas de los caracoles…

En las rosas…

En las piñas…

En los girasoles…

Hasta en las galaxias…

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